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Rindo honor a su esposa, mi comadre Matilde de Salazar.
Un casanayero a carta cabal –expresión que le oí una vez a Lito Aristimuño-. Así era Mateo Salazar, aquel hijo de Benita Salazar, la Sra Chicha, como mejor se le conoció. La Sra Chicha fue hija de Adela Visáez, hermana ésta de Ezequiel (el viejo Queco) y Jesús Visáez. Carmen Salazar, hermana de la Sra Chicha, fue la madre de Flor, Pura y Beltrán. Benita (Chicha Salazar) fue la madre de Mateo, Eudorina, Rafael (fucho), Jesús, Zoraida, Mercedes, Orlando y Asnaldo. Mateo Salazar, ese hijo de la Sra Chicha y Leocadio Velásquez, fue visto muy niño llevando a pastar reces, sufriendo los estragos que da la necesidad de salir muy temprano en la madrugada y regresar casi sin sol a casa, y por necesidades personales se marcha muy temprano para El Tigre, Edo. Anzoátegui, podríamos decir que en escala de poco tiempo en una ruta que lo llevaría hasta la ciudad de Caracas, pero eso si; añorando siempre a su Casanay y a su maíta, como frecuentemente se refería a su querida y buena madre Chicha Salazar. En Caracas, con un salario corto logra instalarse, trabaja duro para ganar un poco más ya que pensaba en su madre y en sus hermanos y hermanas. A edad muy temprano se une en matrimonio con una barquisimetana, Matilde Meza, excelente compañera, maravillosa madre, compañera, madre, esposa y amiga de Mateo, fue la medida para llenar los vacíos que Mateo llevaba consigo. Mateo buscó a sus amigos casanayeros, o simples conocidos, tan solo por el hecho de ser casanayeros: Manuel Mata, Nicolás Mayobre, Mónico Mayobre, Andrés Plaza, Rafael Belmonte, Tero Tineo, los hermanos Malavé, Pedro Luis Avila y muchos, muchos más, eran sus entrañables amigos y compadres, además siempre pendiente y atento a la inmediata ayuda o colaboración que de él necesitáramos. Sus hijos, Carlos, Eduardo, Rosa, Freddy, Daniel, una nueva razón para continuar adelante con más fuerza, unieron aun más esas amistades en sagrado vínculo del compadrazgo y sus amigos vieron y encontraron en él el padrino ideal para algunos de sus hijos. Daba gusto ver una reunión de compadres allá en su casa de Guarenas, luego en su casa de Casanay. En la mente de Mateo habitaba un sueño: volver a establecerse en su querido Casanay, realidad que se concretó cuando Mateo contaba unos cincuenta y dos años. Luego en su pueblo toma una actividad como medio laboral , vender pollos, un puesto en el Mercado Municipal fue su centro de despacho, su esposa, Matilde, siempre a su lado, ambos entregando sus días al trabajo, a la espera de los hijos en vacaciones, a la espera de sus compadres para compartir un truco, un juego de dominó, la alegría de lanzar unos cohetes para oír el estallido, las expresiones de Luís Hernández mientras jugaba o lanzaba un cohete, saborear el sancocho, darle el gusto al buen comer, como verdaderamente compartía y disfrutaba Mateo. “Matilde no le preguntes al compadre que si va a comer o si ya comió, tú solo le pones el plato de comida, si él no quiere yo me lo como”.¡A buen pico el de ese compadre!, respondí entre risas. Gracias a Dios de Mateo Salazar solo tenemos buenos recuerdos, no me pregunten por misterios en él, él era todo transparencia, para él su madre no estaba en otra dimensión, “siempre está conmigo compadre” era una de sus respuestas. Pero Mateo tuvo que irse del plano físico. Un mes de mayo, cuando los campos reverdecen Mateo cogió camino, en las Mansiones Divinas continúa su vida. En nosotros, sus compadres y amigos sigue viviendo, como ahora al escribir esto me pongo la mano en el pecho y digo “mi compadre Mateo no se ha ido, vive aquí conmigo”. Gracias mi compadre QUE DIOS LO BENDIGA.
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